Un urdesino en San Sebastian

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Un urdesino en San Sebastian

POR: @AndresCrespoA

TOMADO DE www.gkillcity.com

Yo no tenía idea de cómo iba a ser el estreno de Pescador en San
Sebastián y no pregunté. Me hacía bien salir de Guayaquil unos días y
cuando uno está en ese estado no pregunta, solo vive.

Nos recogieron en el hotel y nos llevaron a Ingrid y a mí hasta el
Kursaal, anfiteatro donde se iba a llevar a cabo el estreno. Al llegar
nos recibió Mayte, nuestra anfitriona, quien nos introdujo en una suerte
de backstage con queso y champaña. Era un sitio como el resto de
España: aséptico pero cálido. Estaba sereno. Me acuerdo de haber mirado
el queso con hambre y la espumante con sed. Nada es más bello que la
inevitabilidad. Todo estaba bien.

Llegó
la hora: nos llevaron a un cuarto oscuro justo al lado de la sala de
proyección. Me asomé y vi la sala repleta, había unas 600 personas
atendiendo la premiere. Sebastián Cordero ha venido con sus películas
acá y la gente camina a ver su camello porque conoce su trayecto y sabe
de dónde viene. A todas les ha ido bien y la última, Rabia, dejó una
estela particularmente sangrienta y agradable.
Me
llamaron por mi nombre, entré, la gente aplaudió un poco. Yo me quedé
mirando el público, con la alegría de saber que a esa gente no la había
visto nunca. Llamaron a Sebastián. Él habló sobre el filme, yo hablé un
poquito, la gente se rió, él cerró la descarga, nos sentamos en unos
asientos pre asignados junto a Ramiro Almeida, productor ejecutivo, y
vimos la película.
Yo
estaba ahí, sentado, notándome un poco tenso al principio, pero después
de un rato ya me vi disfrutando de un cuento íntimo y real. En la
pantalla solo quedaban los instantes de veracidad más brutales de las 6
semanas de rodaje. Llegué a un
estado de zen fílmico que culminó en un aplauso orgásmico al llegar los
créditos. Súbitamente una luz que venía del tumbado nos iluminó y nos
paramos. Ya había llegado María Cecilia Sánchez, co protagonista a quien
no había visto desde el rodaje. Sonreímos en silencio. La gente seguía
aplaudiendo, yo quería seguir ahí parado y estaba a punto de levantar al
aire el puño izquierdo en señal de victoria absoluta, pero Cordero, que
es un poco más pulcro, se sentó y no me quedó otra que imitarlo.
Después
hubo un foro, conversamos un rato con el público y de ahí volvimos al
backstage. El sitio estaba lleno de una gente bien bonita que no tengo
idea de dónde habrá salido. Salí a buscar a mi compatriota Marcela
Noriega pero se había ido. Por un instante, parado solo en un corredor
interminable me dio una nostalgia rarísima. Me acordé de tantas
borracheras soñadoras junto a la gente en Ecuador. Me acordé de mi
hermano Pika, Juan Fernando Andrade, maestro escritor de la crónica que
parió la historia. Como hubiese querido que estuviesen ahí para beber
hasta tirarnos al agua helada del Cantábrico. Me acomodé el paquete y
regresé al rocknroll.
Luego
de comer la jama más rica del mundo con un vino helado que se llama
chacolí, fuimos a un hueco élite conocido como Dicken’s (donde a Cordero
lo saluda el personal como cuando yo llego al Diva Nicotina), nos
tomamos unos Gin Tonics legendarios y al cerrar caminamos en compañía de
una serie de noctámbulos borrachosos hacia el único bar que
probablemente seguía abierto a las 3 de la mañana.
En el camino me acordé del poeta Jorge Martillo, que un día me dijo en el Gran Cacao que si uno tenía una historia que contar había que hacerlo y no andarse con pendejadas.
Siempre
me acuerdo de eso y seguí pensándolo hasta que llegamos todos al bar e
Ingrid comenzó a conversar sobre música salsa con un director vasco. El
director le dijo que a él no le gustaba la salsa e Ingrid le dijo que
Héctor Lavoe era un grande, en eso el barman escuchó la conversación y
de una puso una salsa maldita… yo estaba con Ramiro unos pasos más
allá cuando escuchamos los primeros acordes de algo legendario que no
recuerdo que era… salí a fumar y me puse a pensar en toda la gente del
rodaje y en el vuelo profundo que fue filmar eso con Sebastián. Pensé en lo que había hecho con la historia. Me acordé de ese ambiente como de fiesta pero con temple de acero que fue su rodaje. Lo vi claramente.
Pensé en Guayaquil. En regresar. Me pegué una última pitada y entré al bar.

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