Sexo, sudor y…

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Sexo, sudor y…

  Este artículo de Lilit no fue publicado en SoHo Ecuador, revista donde mantiene una columna sobre sexo.

POR Lilit

via: www.gkillcity.com

(no apto para asquientos)

Estábamos en la sala de su casa, había
varios amigos que bebían y conversaban. Hacía muchísimo calor. Yo me
sentía mareada. Él me miraba desde la otra esquina, quería entrarme. Lo
habíamos hecho ya un par de veces. No me volvía loca, pero tampoco
estaba tan mal. Con él podía tener uno de esos polvos que te salvan en
momentos de escasez. Era el menos peor. Yo ni le sonreía, aunque sabía
que probablemente más tarde, o mañana, me metería en su cama por puro
aburrimiento. Pero en ese momento me dolía la cabeza y tenía naúseas. Me
fui a su cuarto. No encendí la luz, pero me quité la ropa y me quedé en
calzón, como suelo hacer cuando estoy un poco borracha y en confianza.
La ropa agobia en momentos de malestar. No pasaron ni cinco minutos y
entró él. No encendió la luz, no quería hablar. De pronto, sentí que me
tomó de la cabeza y me puso su pito en la boca. Yo la abrí como pude,
él la metió profundo y ¡zaz! un torrente de bolo alimenticio mezclado
con cerveza salió de mi estómago, avanzó veloz por mi esófago y amenazó
con salir despedido con violencia por mi boca. Alcancé a levantarme y
salí corriendo por el pasillo, en bolas como estaba, intentando tapar
con la mano lo que ya se me salía. Él me seguía con una toalla, tratando
de que sus amigos no me vieran desnuda. Pero era tarde. Todos me vieron
y se rieron meses. ¡Qué sería del sexo y de las relaciones sin los
momentos cómicos, o sin las cochinadas propias del ser humano!
Me gustan los hombres tal como son, si
se tiran pedos y eructan no me importa. Si jugaron un partido de fútbol o
no se bañaron un día y les huelen las axilas no solo que no me molesta,
sino que me excita. Me fascina perderme en el olor animal de unas bolas
sudadas. Soy capaz de leer aforismos de Cioran en el baño mientras mi
pareja hace sus deposiciones matutinas. Yo, tal vez porque soy muy
femenina, no me tiro pedos delante de nadie y me cuido mucho de no hacer
cosas desagradables, pero si mi pareja lo hace no tengo ningún
problema. Soy fan número uno del fingering, me encantan los hombres que
meten los dedos en los agujeros femeninos, amo lamer esas manos
sucias después.
El escritor brasilero Rubem Fonseca
tiene un cuento que me encanta. Se llama Noche de Bodas, y se trata de
un hombre que se casa con una virgen, una niña rica, una mujer de su
casa, vamos, una aburrida de aquí a Berlín. ¡Qué pereza pasarse toda la
vida junto a alguien así! (Permítanme una digresión: me han contado
varios hombres del tipo gerentes y empresarios que sus mujeres puras y
castas les decomisan la SOHO y les echan la bronca cuando los descubren
leyéndola. Son esas mujeres rancias las que han construido este país de
redomados machistas). Pero no nos salgamos del asunto. Resulta que este
hombre se casa, dice que ama a su esposa, pero no se le para. No le dan
ganas ni de tocarla con un palo. La desvirga con mucho esfuerzo, y
solo consigue excitarse pensando en Ludmila, Cora, Janete, las amigas
guarras de su vida de soltero. Todo esto cambia cuando se van a una
excursión, y un día su cándida esposa tiene ganas de… echarse un cake,
soltar el ancla, despedir a un amigo del interior, hacer popó o como
quieran llamarle y lo hace en uno de estos dispositivos sanitarios
móviles. La muy sucia, no baja la válvula. Momentos después va el marido
al mismo retrete y ve aquello. Cito textual: “…antes de sentarse miró
la capa de líquido azul celeste transparente que llenaba el
receptáculo. Y pudo ver con nítida claridad un enorme bolo fecal café
oscuro sumergido en el fondo… Aquella asquerosa, inmensa
masa excrementicia había sido expedida por Adriana, y esa comprobación
lo llenó de horror”. Más tarde vio a la mujer, en shorts, jugando
pelota. Siguió pensativo sus movimientos, era como si la viera por
primera vez. La invitó a dar una vuelta. Hablaron y rieron. Por fin la
vio como una mujer cualquiera y no como un ser etéreo y perfecto.
Aquella noche se acostaron juntos, él sorbió la saliva de ella, recorrió
con su lengua las partes recónditas de su cuerpo, y sintió que su deseo
por ella se volvía inagotable.

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