La culpa es el agredido, no del agresor

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La culpa es el agredido, no del agresor

POR JORGE SANCHEZ

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El fútbol es un deporte hermoso, apasionante, que nos llena de emociones buenas y malas. El fútbol puede darnos grandes alegrías, pero también es capaz de mostrar nuestra peor cara. Peroel fútbol no tiene la culpa. Es nuestra, por no poder controlar nuestros demonios internos.

En un país como Ecuador, donde las ‘barras bravas’ ganaron terreno y contribuyeron a alejar a muchos aficionados de los estadios, veo con tristeza y no tanta sorpresa como la gente (no todos por suerte, pero sí muchos lamentablemente) está dispuesta a justificar actos de violencia en el nombre del fútbol.

Si un jugador hábil te tira una gambeta lujosa en medio de un 4-0 y un defensor le tira una patada, ejemplo Nasuti-Arroyo, salen los justificadores que dicen: “Está bien que lo pateen. ¿Por qué no lo hizo con el partido 0-0?.” “Es que si a mí me hace ese lujo también lo levanto para no lo haga más”. ¿En serio? ¿Tan tarados se volvieron algunos que la culpa es del que intentó hacer algo para el espectáculo? Y el que agredió bien gracias.

 

Otro ejemplo. Agreden a un hincha de X equipo, por el pecado de tener puesta la camiseta del elenco de sus amores y pasar cerca de sujetos identificados con su acérrimo rival. Una respuesta común será: “Pero es culpa de él, no se cuidó.” “No era prudente, debió sacarse la camiseta, dar la vuelta, evitarlos.” “Pero cómo iba a pasar por ahí si sabe que esa es zona de hinchas de X equipo”. Otra vez la justificación a la violencia comienza a ganar.

El ejemplo más reciente y triste. Berrío hace el gol de la clasificación a semifinales de Copa Libertadores para Atlético Nacional, y se lo grita en la cara a Sebastián Sosa, arquero de Rosario Central. Gesto innecesario, infantil, irrespetuoso, estamos de acuerdo. Daniel Musto, volante argentino, sale ‘en defensa’ de su arquero, que se quedó frío y no reaccionó (probablemente porque en el partido le habrá tirado alguna frasecita a los colombianos y entendió que era la revancha de ellos) y decide tirar patadas e intentar agredir al joven futbolista. Una vez más salieron los valientes justificadores: “Es que si a mí me gritas ese gol en la cara también reacciono así.” “Cobarde el jugador de Atlético Nacional, cómo va a gritarle ese gol, bien hecho que le peguen, debieron darle más.” Y otros despropósitos más. Es como si estuviéramos obligados a responder a toda provocación en frente de nosotros, que esperamos que los futbolistas que admiramos también lo hagan.

Tengo una teoría: El que justifica acciones violentas por el fútbol, probablemente es una persona violenta.

Si queremos que haya paz en los estadios ecuatorianos podemos empezar haciendo nuestra parte: atacar todo intento de violencia, no justificarla, no ponernos sensibles con los tarados que reaccionan porque les tiraron una gambeta, porque les gritaron un gol o porque salió un tipo con una camiseta de su rival.

Por cierto yo no soy futbolista profesional, pero he tenido múltiples reacciones malas en mi vida laboral, de las cuales me arrepiento. Incluso perdí trabajos por ello, por justificar mipropia violencia. No me gusta jugar carnaval tampoco, antes que alguien me diga que ni siquiera jugué eso, pero no tengo ese gen de futbolista frustrado que tienen muchos y que creen que por jugar de vez en cuando en una sintética o en torneos amateurs se sienten con más derecho de hablar de fútbol que otros, o ya se creen profesionales. Simplemente trato de explicar que la violencia no le puede ganar a la razón. Yo no puedo controlar las acciones de los demás, pero sí puedo controlar las mías. Si dejo que una provocación, un insulto, una gambeta, un grito de gol o una camiseta rival saquen mi peor cara, pierdo yo.

Por demás está explicar que estas justificaciones no aplican solo para el fútbol. En la vida cotidiana hay múltiples ejemplos que vuelven a demostrar que muchas personas tienden a culpar a la víctima, como lamentablemente sucedió con el tema de las chicas argentinas en Montañita.

 

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