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El equipo de Dunga se mofó de los 2.850 metros de altura, jugó en Quito como si fuera en una playa de Río de Janeiro, tiqui tiqui por aquí, folha seca por allá, cambios de frente al pie, ¿quién dijo que la pelota no dobla? En pocas palabras, el Scratch hizo sentir esas cinco estrellas que relucen en la casaca amarilla. ¿Ah, qué? ¿Los de amarillo no eran los brasileños?

Ezequiel Cogan-Diario Ole

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